La fragilidad de la vida
Biológicamente y culturalmente nacemos a destiempo, pasando del seno materno a la matriz cultural que nos acoge y nos va introduciendo en la conflictividad vital
6/26/20244 min read


Introducción
La mayor parte de nuestro tiempo no estamos atentos a los acontecimientos que realmente configuran nuestra forma de pensar y de comportarnos tanto públicamente como en nuestra intimidad. Las prisas de una sociedad programada, informatizada y mecanizada hacen que seamos parte de una gran máquina que mueve ordenadamente todas sus piezas a través de un poder misterioso. Si no hay sorpresas o contratiempos, todo parece normal. Acudimos puntualmente a nuestro trabajo. Procuramos aprovechar nuestro descanso bien merecido. Arreglamos, como podemos, los baches que van surgiendo en nuestro entorno. Aceptamos que la vida es una lucha continua y vamos aplazando las preguntas más profundas que pudieran incomodarnos. Confiamos en que si hoy las cosas no van bien, mañana irán mejor. Pero conviene tener en cuenta que cada día que vivimos es un paso más hacia nuestra muerte.
Nacemos a destiempo
Todos sabemos que el ser humano es uno de los seres vivos más desvalidos entre los mamíferos superiores. Su salida del útero materno tiene lugar en un momento de inmadurez biológica. El recién nacido tiene que ser protegido por sus allegados durante un período escandalosamente más prolongado que en el caso de cualquier otro mamífero. En muchas culturas se le otorga el estatus de autonomía cuando cumple ni más ni menos que los dieciocho años de vida. Dieciocho años es mucho tiempo. Biológicamente y culturalmente nacemos a destiempo, pasando del seno materno a la matriz cultural que nos acoge y nos va introduciendo en la conflictividad vital. Durante este proceso de encarnación social nos encontramos más necesitados que el resto de los animales. Ni siquiera somos capaces de defendernos contra cualquier tipo de violencia como el hambre, el frío, el calor o la enfermedad. Un recién nacido abandonado a su suerte no sería capaz de sobrevivir mucho tiempo.
Somos animales inacabados
Juan Masía Clavel sostiene que el ser humano es un “animal inacabado” que se expone a los aspectos de maduración y de autodestrucción individual y colectivamente; a los aspectos de lucidez y de prejuicios; a los aspectos de avances y decadencias. Su nueva vida no tiene fuerza en sí misma: cuenta con la necesaria ayuda de sus progenitores porque francamente, como dice Ignacio Larrañaga, “sin desearlo él mismo, lo echaron a participar en esta carrera. No puede dejar de participar ni salir de la carrera. Saldrá de ella, no cuando él quiera, sino cuando lo saquen. Más aún: no solamente tiene que participar de una carrera no deseada; sino que tiene que hacerlo con un caballo que no es de su agrado” y esperar la muerte con resignación. Este final nos plantea muchos enigmas antropológicos: ¿qué sentido puede tener una existencia abocada a la inexistencia; una vida condenada al aniquilamiento; una unidad que avanza hacia su descomposición?
¿Somos inmortales?
Los antropólogos dualistas que separan el cuerpo del alma sostienen que el cuerpo muere y que el alma es inmortal. Los monistas, sean espirituales o materialistas, también constatan la muerte del cuerpo. Quienes consideramos que el ser humano es una unidad psicosomática, que la persona no tiene cuerpo, sino que es cuerpo, también constatamos la muerte del ser humano. Aunque nuestra experiencia no va más allá de la observación del nacer y del morir de otras personas, tenemos la seguridad de nuestra muerte. Es más: la previsión anticipadora de nuestra muerte afecta nuestro actual modo de situarnos en el mundo. La desaparición de las personas queridas nos hace vivir intensamente la muerte y concebir mejor la nuestra. Incluso para “los que parecen hijos de otro dios”, la muerte patentiza su vulnerabilidad. Lo habitual es que el combate final se lleve a cabo en soledad.
La muerte es un proceso
Muchos estudios sostienen que la muerte no es un momento, es un proceso. El proceso biológico comienza muy pronto. El organismo se va deteriorando. Una dolencia lo acelera. Una enfermedad terminal lo precipita. Albert Camus dice que “los hombres mueren y no son felices”. Las desgracias causadas por la violencia de la naturaleza (tormentas, inundaciones, terremotos, huracanes, el dolor, la vejez, la enfermedad, el Covid) nos recuerdan constantemente lo frágil, ambiguo y vulnerable que es nuestra vida. Hay una especie del proceso biológico del vivir caminando hacia el morir, y a través del morir, hacía tal vez el sobrevivir. Mientras tanto lo que nos urge es saber cómo caminar con armonía y serenidad en este mundo que nos ha tocado vivir, sabiendo que el secreto de la vida es la muerte.
Nota final
Todas las experiencias que vamos acumulando a lo largo de nuestra existencia nos avisan constantemente que vivir es caminar en la fragilidad. Cuando parece que todo va bien, una enfermedad nos amarga la fiesta. Cuando parece que todo está perdido, la suerte nos sorprende con una nueva oportunidad. No debemos dar todo por hecho porque la incertidumbre del futuro suele ser generosa.
Estamos siempre en situación y en tensión. Caminamos sobre un puente que en cualquier momento puede hundirse bajo nuestros pies. Habrá quienes prefieran pensar en el lado más alegre de la existencia y caminen como si mañana no vayan a morir. Otros tenderán a ver el cielo nublado aunque la realidad diga lo contrario. Unos y otros olvidan que la vida es un camino de fracasos y éxitos, que mientras unos celebran el nacimiento, otros empiezan el funeral.
Nacer y morir forman parte de un mismo proyecto que, al final, se podrá valorar a partir del recorrido que media entre ambos. Por eso la trama del porqué de la vida no se resuelve al nacer o al morir sino en el día a día. En este día a día es donde colocamos nuestras reflexiones. Si antes de nacer había algo o si después de morir hay alguien esperándonos son realidades que nos trascienden y que dejamos en manos de la reflexión escatológica.
© Elie Ayurugali