El poder del optimismo
Conviene establecer nuestra residencia habitual en el ahora y realizar breves visitas al pasado cuando tengamos que resolver algunos asuntos prácticos de nuestra vida
6/26/20246 min read


Resumen
La tesis principal de nuestra reflexión es que caminamos en la fragilidad y que cualquier ser humano puede caer en el pozo del desencantamiento vital, independientemente de su edad, de su salud física, de su formación académica o de su fortuna económica. Una mala decisión o un paso mal dado pueden arruinar nuestra salud mental en cuestiones de segundos. Una experiencia mal integrada puede ser detonada por un acontecimiento insignificante y provocar desajustes emocionales incontrolables. Siendo así las cosas, la posibilidad de una frustración existencial es tan real como la vida misma. De ahí la necesidad de la fuerza del optimismo para seguir caminando en la fragilidad.
Conviene estar preparado por si tenemos que afrontar estos desajustes emocionales. No olvidemos que las emociones y las conductas están determinadas por los pensamientos. Y esto quiere decir que los desórdenes mentales son el resultado de unos pensamientos negativos: modificando estos pensamientos negativos, podemos minimizar el coste de las perturbaciones mentales y aprovechar mejor la fuerza del optimismo.
Hábitos que minan la fuerza del optimismo
Desde pequeño vamos acumulando sentimientos negativos y percepciones distorsionadas que nos empujan hacia la pista de la autodestrucción: rabia, envidia, ira, odio, codicia, egoísmo, excusas, prisas, desgaste psicológico, tristeza vital, ganas de venganza, pensamientos insanos y otras emociones psicológicamente venenosas. Pocas veces aprendemos a fomentar actitudes vitales de alegría, generosidad, perdón, claridad de ideas, armonía interior, energías positivas y pensamientos creativos que hacen que el gusto por la vida se vaya reactivando continuamente, incluso en los momentos más conflictivos.
La fuerza del optimismo se encuentra en el presente
Tenemos que aprovechar la fuerza del optimismo viviendo conscientemente en el aquí y en el ahora, en el tiempo y en el espacio que nos corresponde en cada momento. No debemos vivir pensando en el pasado porque cuando el pasado no está lleno de fracasos, siembra añoranzas y vivencias infantiles casi paradisíacas que, su única aportación no puede ser más que dañina.
Cuando revisamos nuestra vida, vemos que escasos recuerdos del pasado son creativos: ¿por qué nos empeñamos, entonces, en montar nuestro campamento vital en el pasado? ¿Por qué permitimos que los errores o los éxitos del pasado condicionen nuestro presente? ¿Por qué no somos capaces de vivir en el ahora y en el aquí si somos conscientes de que el presente es el único tiempo vivencial que podemos manejar y que nos coloca en la pista de la programación de lo posible?
La sabiduría popular nos enseña que el agua que ya ha pasado no puede mover el molino. Sin embargo, la mayoría de la gente no llegamos a soltar lastres del pasado y seguimos cargando amargamente con nuestros fracasos, revisando continuamente las facturas pagadas generosamente en su momento, y lo que es peor, dando explicaciones de lo que hacemos o dejamos de hacer. Nos cuesta asumir que querer quedar bien ante la gente es el camino que lleva a la infelicidad, y tendemos a mirarnos en los demás para saber quiénes somos y qué debemos hacer para tener un lugar en este mundo. Pero es agotador vivir instalado en la autovigilancia permanente, intentando cumplir al milímetro las exigencias que no nos corresponden y que además no nos aportan nada positivo.
Establecer nuestra residencia habitual en el presente
Algunos autores sugieren acertadamente que conviene establecer nuestra residencia habitual en el ahora y realizar breves visitas al pasado cuando tengamos que resolver algunos asuntos prácticos de nuestra vida. Personalmente estoy convencido de que algunas ceremonias anuales para recordar los hechos del pasado, sobre todo si fueron traumáticos, no hacen más que reactivar las energías que son completamente destructoras. Quienes, por ejemplo, al recordar el aniversario de la muerte de un ser querido se encuentra sumido en una tristeza vital profunda y prolongada, deberían poner punto final a esta autoflagelación a través de la celebración de un duelo definitivamente sanativo. Si por lo menos con nuestra agonía mental pudiéramos resucitar a nuestro ser querido, tal vez merecería la pena tanto sacrificio. Pero como eso no es posible, la inutilidad de nuestro sufrimiento queda patente.
Seamos resilientes
Los seres humanos tenemos una enorme capacidad para ajustarnos a las circunstancias y recuperarnos emocionalmente de las derrotas y de los hechos traumáticos, siempre que pongamos un poco de nuestra parte. En cualquier caso, es bueno no olvidar que tenemos la posibilidad de tirar hacia adelante o de atascarnos en nuestro pasado. Si elegimos establecer nuestra residencia habitual en el pasado, hemos de ser conscientes de que la conciencia prolongada de impotencia y desamparo es nociva para el optimismo porque favorece los sentimientos de debilidad y fracaso. El sentimiento de impotencia alimentado por los hechos pasados socava la autoestima, consume la iniciativa y agota la esperanza creativa. Por eso creemos que establecer la residencia habitual en el pasado es condenarse al sufrimiento eterno y puede ser el mayor error que un ser humano pueda cometer en vida.
Los beneficios de la fuerza del optimismo
La fuerza del optimismo favorece la predisposición para la iniciativa y el riesgo; ayuda a resistir ante el sufrimiento físico y a persistir en el empeño para conseguir un triunfo. No cabe duda de que la esperanza de una victoria alimenta el esfuerzo, la seguridad y el coraje ante la amenaza de una derrota. Por lo tanto, el optimismo eleva las posibilidades del éxito. Aunque la prudencia, la cautela y la objetividad no son cualidades incompatibles con el optimismo, incluso cuando el optimismo es claramente ilusorio, puede ayudar a cruzar un campo minado con serenidad. Un náufrago puede considerar su desdicha como una condena y adelantar los acontecimientos. O puede pensar que es un navegante en dificultad que concentra todo su empeño en superar los retos para poder contar sus hazañas a las generaciones venideras.
La fuerza del optimismo nos ayuda a vivir sin rencor en un mundo lleno de resentidos, de gente atrapada en su pasado, de individuos que viven pensando solo en la venganza. El optimismo favorece el entusiasmo después de sufrir alguna calamidad; predispone para restablecer la paz interior y anima a pasar páginas a fin de abrirse de nuevo al mundo por descubrir. La fuerza del optimismo nos permite caminar en la fragilidad.
La programación positiva
Muchos pensadores coinciden en que la programación positiva requiere identificar la meta y los pasos para conseguir el objetivo deseado. Nadie duda que incluso los peores avatares de la vida se hacen más llevaderos cuando contamos con la perspectiva que da conocer sus causas, sus efectos y sus posibles remedios. Siendo consciente de lo que somos y hacia donde queremos llegar, podemos establecer los pilares básicos que serán los puntos de apoyo para nuestra opción fundamental. Si sabemos hacia dónde vamos, podemos repasar nuestro ayer con generosidad y no nos costará reconciliarnos pacíficamente con los conflictos que no pudimos resolver, ni con los errores que no pudimos rectificar, ni con las oportunidades que conscientemente perdimos.
Estamos de acuerdo en que nadie debe llevar a cabo una programación positiva si todavía tiene heridas por sanar. No podemos seguir abriendo puertas si antes no hemos cerrado las que no deberían estar abiertas. No podemos iniciar un nuevo camino si todavía tenemos la vista en el ayer. No podemos avanzar si todavía tenemos fijados nuestros objetivos más inmediatos en el pasado. Los profesionales de la salud mental lo llaman “conflictos no resueltos” y aseguran que es muy difícil caminar en la fragilidad si previamente no hemos ordenado adecuadamente los hechos fundamentales de nuestra historia personal.
Una buena estrategia retroalimenta la fuerza del optimismo
Toda decisión estratégica coordina tres ejes: el tiempo, el espacio y las energías materiales y espirituales que definen cada situación. El espacio es el lugar donde desarrollamos todas las acciones que llevan a dirimir cuál de las voluntades opuestas prevalecerá. Es imprescindible elegir bien el espacio vital. No conviene invertir esfuerzos en campos en los que no tenemos una clara ventaja estratégica. Incluso cuando tengamos esa ventaja, hay que evaluar si realmente merece la pena gastar nuestras energías en ese proyecto y si contamos con el tiempo suficiente para ejecutarlo y rematarlo hábilmente.
Algunas personas viven como si el tiempo no tuviera su precio en el mercado vital. Se olvidan que todo lo que hacemos y somos se encuentra enmarcado en un tiempo determinado.
Para algunos, desde el momento de nuestra concepción empieza la cuenta atrás: en cualquier momento puede parar nuestro reloj vital. Quienes piensan de esta forma tienden a tener sus cuentas equilibradas día a día, y son conscientes de que cada día tiene sus afanes. Procuran tener el equipaje preparado por si acaso hay que emprender un viaje imprevisto.
Para otros, con el alumbramiento se abre un tiempo casi indefinido hacia el futuro. Miden sus proyectos en función al futuro y a su proceso biológico. Suelen decir que tienen todo el tiempo del mundo para realizar sus sueños, y no dudan en aplazar sus decisiones y compromisos. Aunque aparentemente viven lejos de la agitación del tiempo, en su interior no sienten armonía porque no tienen sus cuentas actualizadas. A menudo se ven sorprendidos por un viaje imprevisto y son testigos de la ausencia de serenidad en su camino al tener que hacer todo a última hora.
© Elie Ayurugali