El fracaso de los grandes relatos
Un Dios que puede ser confundido con el mal no puede ser ofrecido como remedio a los males de la humanidad.
Elie Ayurugali
12/25/20233 min read


Las religiones del libro
Las llamadas religiones del libro (judaísmo, cristianismo e islam) se han politizado tanto que no resulta fácil seguir su mensaje principal. Aunque el judaísmo no ha aspirado a convertirse en referencia mundial al ser una creencia reservada al “pueblo elegido”, nadie puede ignorar que Israel es un Estado judío que basa sus principios en la Sagrada Escritura. Todo lo que ocurre en el entorno de la zona del Oriente Próximo refleja la lejanía de la mano de Dios en la tierra. Es muy difícil creer en la existencia de un Dios justo, pacífico, misericordioso y salvador en esa zona del mundo.
Lo mismo ocurre en el campo del islam. Con sus aspiraciones políticas confunden los deseos mundanos con los trascendentales, optando por un Dios guerrero y vengativo, un Dios reacio al perdón y a la vida de quienes no se ajustan a las medidas de sus defensores. Generalmente sus seguidores ofrecen una imagen que atemorizan a los llamados “infieles” y no dudan en condenar al exilio a quienes no piensan como ellos. Al mezclar los intereses políticos con los religiosos resulta muy difícil saber dónde termina lo mundano y dónde empieza lo divino. Un Dios que puede ser confundido con el mal no puede ser ofrecido como remedio a los males de la humanidad. Es exactamente lo que le sucede al cristianismo. Su mensaje enseña que hay que morir para que otros vivan mejor, que no hay que condenar a nadie, y que hay que perdonar y ofrecer oportunidad a todo el mundo.
El cristianismo habla de un Dios que deja noventa y nueve ovejas para ir a buscar una que se ha extraviado; un padre que perdona a un hijo pródigo; un juez que no condena a quienes llevan una mala vida, un Dios que entrega a su hijo para que salve toda la humanidad. Pero sus herederos oficiales se fueron por un camino diferente, sobre todo desde que confundieron el trono con el altar, la ética con la moral, el bien con la piedad. Levantaron su dedo como el único que puede enseñar el camino de la salvación. Muchos teólogos afirman que lo peor que le ha podido pasar al cristianismo ha sido convertir su misión principal en la construcción de la cristiandad. Por eso en el cristianismo es muy difícil saber qué es lo que pertenece a César y qué es lo que pertenece a Dios. Naturalmente que la confusión es el territorio de la perdición. Desde estos parámetros podemos entender acontecimientos como la inquisición, la evangelización de los indígenas o el “silencio de Dios” en el holocausto de los judíos o en los distintos genocidios que de vez en cuando sacuden a pueblos supuestamente cristianizados. Todo ello refleja que el mensaje principal de Jesús de Nazaret ha sido prostituido y sustituido por un mensaje profundamente mundano. Cuesta descubrir los pasos de Jesús en los grandes templos que todos tenemos en mente. Así las cosas, solamente una reflexión ordenada acerca de la existencia humana puede alojar un poco de luz en este camino existencial.
Las creencias tradicionales
La historia confirma que las grandes religiones no han podido conducir la humanidad por el recto camino que pregonan, ni han sabido satisfacer la sed de lo absoluto que se aloja en lo más profundo del ser humano. Las únicas creencias que mantienen su ritmo, con discreción, son las llamadas creencias tradicionales. En efecto, las religiones tradicionales siguen buscando, como antaño, el equilibrio vital dentro del universo. Nos enseñan que el ser humano forma parte del universo, que cada elemento tiene su orden y su función, y que el equilibrio de todos los elementos es la única garantía de la estabilidad de todo el universo. Sus creencias discretas, casi intimistas, con ceremonias fundamentalmente familiares y tribales facilitan la cercanía necesaria en la relación con lo trascendental.
© Elie Ayurugali